Día 4
Luego de despertar, ir al baño y compartir un rato con los demás pernoctantes (que por lo demás estaban todos en la misma "aventura" y con la misma disposición que yo), bajé a comprar cosas para mi desayuno. Lo que sí, es que nada explica la hinchazón de mi dedo del medio de mi mano derecha que cargo desde anoche. En fin. Desayuno: queso de cabra, tomate, orégano, merquén, yerba mate y un cigarro. Mientras merendaba, me puse apensar en lo extraña que había sido la noche anterior: sentí miedo, terror, de la oscuridad y su palpitar (literalmente). Sentí que las paredes se caían sobre mi, los ruidos eran más intensos, escuché el sordo sonido del silencio y hasta un par de alucinaciones acompañaban mi inexplicable sudor y pavor. Fue un terremoto dentro de mi. Un exorcismo, tal vez...
Aquí, hay al menos dos personas con las cuales puedo sentarme a conversar de lo que me pasa y, para mi, es un número ideal (ya que sumamos tres). Miguel, de Argentina y Patricio (Patrick) de Estados Unidos. Los tres tenemos vivencias muy distintas, de países con historias distintas, pero cada uno con una visión de mundo que se intersectaba entre sí con la del otro de un modo muy interesante. Tuvimos una conversación muy cargada, de esas que la mente se pone muy pesada cuando acaba pero que sabes que no termina ahí, que puedes conversar por horas pero es mejor buscar una frase para el bronce y descansar.
Martillear y ayudar a Miguel a armar una mesa de trabajo me hizo recordar mi admiración por la carpintería y que, por otro lado, debo hacer algo si quiero permanecer en estas tierras.
Luego de cenar, fuimos los mismos tres de la conversación "pesada" más la compañera de Patrick, María José (chilena), a admirar el espectáculo celestial que el valle tiene preparado cada noche a quien quiera asistir. Pero después de un satélite, unas cuantas estrellas fugaces y una estrella que parecía moverse sólo para alimentar mi paranoia, me dí cuenta que ya era hora de ir a dormir.
"Reconocerse uno mismo es el primer paso a quererse"
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