Hay momentos en la vida en que uno no sabe donde está, no sabe quiés es, no sabe lo que quiere, no sabe para donde es el rumbo. Pero la vida tiene la facultad de mostrarte momentos que uno nunca pensó vivir jamás. Es muy sabia, porque siempre elige el momento preciso para abrir tu visión, para ver un poco más allá. Y eso fue lo que me ocurrió un día lunes de noviembre.
Para mi no tiene nombre lo que me sucedió. No sé como reducirlo a una palabra. Me gustaría vivir y revivir ese día una y otra vez, deseando que nunca acabase, deseando que el sol nunca se pusiera, que el planeta quedara estático por siempre y nos quedaramos los dos echados en el pasto conversando de la inmortalidad del cangrejo magallánico del sur. No quería que llegara a su fin y tú lo sabes. No podía dejar de estar a tu lado, me sentí imantado a tu personalidad, estaba muy a gusto con tu compañía. Siento que ese día para mi fue importante porque fue tu forma de ser la que me hizo pensar en su significado.
Conección. Estabamos sintonizados. Nos entendimos perfectamente, quizás porque pasamos por momentos en nuestras vidas similares. O simplemente porque tenemos muchas cosas en común, más allá de las vanalidades. Es como si nuestras áureas fueran del mismo color, como si tuviéramos un nexo invisible, un cordón umbilical por donde compartimos un quése yo, por donde conectamos nuestras mentes.
Por varios momentos sentí paz. Esa paz que ha sido el significado de mi vida, mi fin último, la pude sentir hasta que una introducción de piano hizo su aparición. Me sentía tranquilo contigo. Me sentía en armonía conmigo y sentía que irradiabas exactamente lo mismo. La sinceridad en tus ojos, en tu mirada me comprobaron cada palabra que emanaba de tus labios era realmente lo que sentías. Me habló tu corazón y eso es necesariamente agradecible.
No sé cuantas veces tengo que agradecerte para no sentirme en deuda contigo. Fue maravilloso. Todo, hasta el retraso, la guerra de pasto y el anillo de plata (ja!). Perdón, casi todo. No lo fue el momento de despedirnos. Volví a aterrizar y no quería irme de ahí. Quería que ese abrazo fuera infinito.
Gracias por la confianza.
Tienes una capacidad abismante de hacerme reir.
Para mi no tiene nombre lo que me sucedió. No sé como reducirlo a una palabra. Me gustaría vivir y revivir ese día una y otra vez, deseando que nunca acabase, deseando que el sol nunca se pusiera, que el planeta quedara estático por siempre y nos quedaramos los dos echados en el pasto conversando de la inmortalidad del cangrejo magallánico del sur. No quería que llegara a su fin y tú lo sabes. No podía dejar de estar a tu lado, me sentí imantado a tu personalidad, estaba muy a gusto con tu compañía. Siento que ese día para mi fue importante porque fue tu forma de ser la que me hizo pensar en su significado.
Conección. Estabamos sintonizados. Nos entendimos perfectamente, quizás porque pasamos por momentos en nuestras vidas similares. O simplemente porque tenemos muchas cosas en común, más allá de las vanalidades. Es como si nuestras áureas fueran del mismo color, como si tuviéramos un nexo invisible, un cordón umbilical por donde compartimos un quése yo, por donde conectamos nuestras mentes.
Por varios momentos sentí paz. Esa paz que ha sido el significado de mi vida, mi fin último, la pude sentir hasta que una introducción de piano hizo su aparición. Me sentía tranquilo contigo. Me sentía en armonía conmigo y sentía que irradiabas exactamente lo mismo. La sinceridad en tus ojos, en tu mirada me comprobaron cada palabra que emanaba de tus labios era realmente lo que sentías. Me habló tu corazón y eso es necesariamente agradecible.
No sé cuantas veces tengo que agradecerte para no sentirme en deuda contigo. Fue maravilloso. Todo, hasta el retraso, la guerra de pasto y el anillo de plata (ja!). Perdón, casi todo. No lo fue el momento de despedirnos. Volví a aterrizar y no quería irme de ahí. Quería que ese abrazo fuera infinito.
Gracias por la confianza.
Tienes una capacidad abismante de hacerme reir.
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